Me considero un tío medianamente normal.
Ni guapo ni feo. Ni alto ni bajo. Tampoco penséis que soy de los majos. Eso es
lo peor que te puede decir una tía. Cuando le pareces majo, pasa a la
siguiente. Podrías ser su amigo perfecto, su hombro en el que llorar… pero no
finjáis, ¿A quién le gusta ser el pagafantas? Te dejas tus ahorros en
invitaciones para que se vaya con el primer idiota que se le cruza. ¡Esa
lección la aprendí muy pronto!. Recuerdo la primera novia que tuve. Yo tendría
doce años muy bien llevados. Vamos, que aparentaba mis catorce primaveras, cosa
que me enorgullecía. Lucía tenía sus quince bien dotados. Pero más que su chico
era su comercio. Si le quería ver el tirante del sujetador, tenía que gastarme
toda la propina de los domingos en chicles de melón para que se pasara todo el
santo día mascándolos. Creo que por eso nunca me besó. Estaba demasiado ocupada
haciendo globitos. Así que juré que no me pasaría nunca más. Odiaba que me
dijeran mis amigas que era un bocazas. Que siempre estaba chuleando y
presumiendo que no llegaría la chica que me dijera lo que tenía que hacer. Y
así apareció Marta. Me volvía loco. Era una morenaza de ojos negros con unas
curvas impresionantes. Y así empecé también a separarme de todos mis amigos y,
por supuesto, de mis amigas. Esos movimientos de caderas no me dejaban pensar
con claridad. La universidad llevaba su nombre. Pero todo se acabó con la
llegada del verano. Vale que me gustara, vale que me saltara las clases por
ella, vale que la acompañara a las rebajas… pero, ¿pedirme que no me fuera de
vacaciones a mi pueblo? Por ahí si que no pasé. Y con la misma fuerza con la
que apareció se esfumó. Eso sí, me dejó convertido en una piltrafa. No me
apetecía salir de fiesta, ni jugar al fútbol, ni conocer a otras tías… mis
amigos estaban hartos de mí. Pero apareció Laura. La chica que me enseñó a
vestirme, a conjuntarme con su ropa, a ser cool, a hablar con propiedad, a
separarme aún más de mis amigos y a ser más pelele que antes. Recuerdo una
noche de fiesta en un pueblo. Estaba pidiendo en la barra del bar dos copas y
el niño de al lado tenía un Fanta en la mano y rebuscó entre sus monedas para
pagarla. ¿Un pagafantas? ¿En eso me había convertido? ¡Será una broma! Fui
hacia Laura que me miraba con cara de perro al verme con las manos vacías. Le
dije que si quería beber que se lo pidiera ella, que si quería ser fashion que
se mirara al espejo y que si quería un muñeco que se pasara por ToysRus.
Después de eso juré que me pasaría sólo el resto de mi vida. De esta forma
llegó mi época selectiva. No me conformaba con cualquier cosa. Tenía que ser
atractiva, interesante, inteligente, divertida, atrevida, graciosa, llevarse
bien con mis amigos y enamorarse de mí, pero aún más de mi pueblo. Os lo podéis
imaginar, me pasé cinco años con rollos de una noche. Si no bajaba mi listón
estaría sólo el resto de mi vida. Pero no estaba dispuesto. Mis amigas me
decían que me había vuelto muy atractivo. Tenía ese aire de hombre
infranqueable, de solitario, de bohemio. Me pasaba horas apoyado en la barra
del bar. Observaba todo lo que ocurría. Pude ver como mis amigos caían poco a
poco en mi misma trampa, con esas novias insoportables que querían ser siempre
el centro de atención. Y la vi. Después de tantos años la miré de verdad. Irradiaba
felicidad. Esa felicidad verdadera que pocas veces se ve. Sus ojos iluminaban
el bar y esa sonrisa perfecta no me dejaba apartar la mirada. Sus movimientos
eran alegres, risueños, acompasados. Y mi corazón se aceleraba por momentos.
Giró su mirada y me vio. Captó el momento. Notó como la observaba. Toda mi vida
la había tenido a mi lado. Mi amiga, mi confidente. Nunca la había visto de esa
forma, como una mujer. Pero lo era. Y la quería sólo para mí.
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viernes, 25 de enero de 2013
jueves, 24 de enero de 2013
CAPÍTULO 2 - ¿ALGUIEN INSIGNIFICANTE?
SANTIAGO DE CHILE
Me despido amablemente de mi caballero
andante dándole las gracias por su ayuda. Cojo mis maletas y me dirijo a la
solitaria calle. Detrás de mis pasos oigo la puerta del bar:
-
¡Me llamo Mauro
y, si me necesitas, estaré aquí!
-
¡Yo me llamo
Paula y, si me necesitas, no sé dónde voy a estar!
Aceleré el paso con una sonrisa dibujada
en mis labios. Necesitaba un taxi pero era una misión imposible. Creo que
Santiago de Chile es una ciudad fantasma a estas horas. Lo pensé cuando cogí el
vuelo en Madrid, pero era la opción más económica. No me puedo permitir muchos
excesos tal y como estoy en estos momentos. Saco de mi bolso la dirección del
Museo. Mañana tengo una cita en ese lugar con un hombre que no he visto en mi
vida. Me han hablado muy bien de él. Es un profesor que puede ayudarme en mi
tesis. Suele hacer viajes de meses con sus alumnos para enseñarles todo lo que
sabe. Realmente aún no he empezado a hacer nada, pero era la mejor excusa para
dejar España.
Por fin aparece un taxi a lo lejos. Corro
hacia él como buenamente puedo como si no hubiese un mañana. Claro está que
nadie me lo va a quitar, pero es posible que no me vea y entonces me tiraré por
el primer puente por el que pase. Pero el Señor para en el otro lado de la carretera,
da un volantazo y cambia de sentido poniéndose a mi lado. Si esto fuera Madrid,
te tocaría cruzar La
Castellana dándote codazos con todo el mundo y arriesgarte a
ser atropellada mientras cruzas la calle con los semáforos en rojo. El Señor se
baja a toda prisa y coge mis maletas subiéndolas en la baca. El problema vendrá
ahora…
-
¿A dónde se
dirige Señorita?
-
Pues mire, tengo
un problema. Me gustaría quedarme por la zona del Museo de Ciencias y
Tecnología, pero no tengo hotel reservado y no conozco nada de la ciudad.
-
Conozco un
hotelito por la zona. Sólo espero que tengan habitaciones libres.
-
¡Yo me fío de
usted!
En diez minutos estábamos en la puerta. No
sabía si reír o llorar. ¡No habrá hoteles en esta ciudad que me tiene que traer
a uno que se llama España!
-
Señorita ¿Le
gusta este? Seguro que no se le va a olvidar el nombre – me decía entre
carcajadas.
-
¡En eso tiene
toda la razón!
-
Y justo debajo
tiene el restaurante-pub Caramea así no se tiene que desplazar. Lo tiene todo
al ladito.
-
Veo que por aquí
piensan en todo. Pues muchas gracias. Le agradecería que me diese su teléfono
para llamarle siempre que lo necesite.
Bajamos del coche, le pagué dándole una
propina por su amabilidad y él me entregó su tarjeta. Agarré mis maletas con
fuerza y entré. Me fijé que me esperaba, seguramente por si no tenían
habitación libre.
-
¡Buenos días! –
me saludó un chico de unos 18 años sentado detrás de un mostrador.
-
¡Buenos días!
Quería saber si tienen una habitación libre y cuál es su tarifa.
-
¿Cama de matrimonio?
Mi mirada casi lo fulmina por completo. En
este momento debería estar hecho cenizas. ¿Cree que llevo a alguien metido en
la maleta? Vale que me lo restriegue toda mi familia en las fantásticas veladas
de reuniones obligatorias, pero un niñato que no conozco de nada…
-
¡Me achaplino de
lo que le he dicho Señorita!
-
¿Qué te qué…?
-
Pues… quiero
decir que me arrepiento de lo que le he dicho. Hace muy poco que trabajo aquí y
todavía no se me da muy bien.
-
¿Sabes lo que te
digo? Que sí, ¡Camarero, una de matrimonio! – y le guiñé un ojo sonriendo.
-
Tenemos una muy
bonita que se suele usar para largas temporadas. Que no quiero decir que se
tenga que quedar mucho tiempo, ¡no me entienda mal!...
-
No te tienes que
disculpar cada vez que hables. Me quedo con esa habitación. Mi nombre es Paula
Zambrano García.
Miré hacia la calle y le hice una señal
con el dedo pulgar al taxista para que entendiera que todo había salido bien.
Mi nuevo amigo me acompañó hasta mi
habitación. Estaba en el último piso. Me entregó las llaves y me dejó sola.
Abrí la puerta y realmente me gustó lo que vi. Las paredes eran de un amarillo
pajizo. Colgaban cuadros de fotos antiguas de la ciudad. La cama era enorme y
muy alta con un edredón blanco algodonado. Tiré mis maletas y corrí hacia ella.
De un salto me dejé caer encima. Al fondo de la habitación había una pequeña
cocina y un gran sofá con una tele en frente. Ahora entendía lo de las largas
estancias. Miré mi reloj. Eran las nueve de la mañana. Me daría tiempo a
ducharme y desayunar antes de ir al Museo. A duras penas me levanté. Me quité
mi ropa dejándola esparcida por todo el suelo. Olía al metro de Madrid, a la
gente aglomerada, a las esperas en Barajas, a un vuelo eterno, a una llegada a
Chile de madrugada y a un antiguo café. No sé porqué motivo esta última parte
no me desagradaba en absoluto. Entré en el baño y me quedé sorprendida. Había
una gran bañera slipper blanca. Junto a ella, una gran cesta de mimbre rebosaba
de aceites esenciales, hierbas aromáticas, sales… Cogí unos cuanto botes y los
mezclé sin piedad mientras el agua caliente salía a borbotones. Todo el baño
olía a primavera. Me metí, apoyé mi cabeza y cerré los ojos. Empecé a pensar en
todo lo que me había pasado. Como había cambiado mi vida sin saber realmente si
mi decisión era la mejor. Llega un momento en la vida en el cuál no te queda otra
opción que dar un carpetazo y cambiar de rumbo. Las cosas no me han salido como
yo había esperado así que tengo que intentar que todo se encauce. Tengo que ser
feliz. De nuevo, me vino a la mente la imagen del bar de Mauro. Me aclaré
rápidamente y salí de la bañera cubriéndome con una gran toalla blanca. Abrí mi
maleta y saqué mi vestido de tirantes ibicenco. Cuando sentí el lino en mi piel
y me miré en el espejo me sentí guapa. Me puse un pañuelo rojo en el pelo y mis
sandalias a juego. Me maquillé alegremente y pinté mis labios de un Russian Red
cautivador. Cogí mi bolsito y salí corriendo. Bajé las escaleras de dos en dos.
-
¡Hasta luego!
¡Que tengas buen día!
-
¿Señorita Paula?
¿Es usted?
-
¡Llámame Paula y
tutéame! ¡Es una orden! – Grité mientras salía a toda prisa por la puerta.
Paré el primer taxi con el que me crucé y
le di todas las indicaciones que puede para llegar al pequeño bar. En quince
minutos estaba delante de su puerta. Me fijé en su nombre y simplemente me
encantó, Bar Amore. Entré y todas las cabezas se giraron hacia mí. En la barra
no había ni rastro de él.
-
Buenos días, ¡me
pone un café y dos tostadas por favor!
-
En seguida
Señorita.
-
¿Está por aquí
Mauro? – La sonrisilla que se dibujó en su cara no me gustó ni un pelo.
-
¿Es la Señorita de anoche?
-
A no ser que os
pase muy a menudo, sí, soy yo.
-
Pues Mauro acabó
su turno hace dos horas y se fue. Hoy no creo que venga porque tiene una cita.
Es un chico muy solicitado.
-
Ya veo. Bueno,
póngame mi desayuno cuando pueda.
Aunque él no estaba, me gustaba ese lugar.
Ese aire retro me daba tranquilidad. Me recordaba mis viajes a Roma y lo feliz
que era cada vez que paseaba por sus calles. En cuanto acabé, pagué y me fui a caminar
un rato hasta las doce. A esa hora tenía mi reunión. No entendía muy bien porqué
habíamos quedado allí, pero tampoco me importaba. En el viaje miré en el mapa y
el Museo estaba rodeado de una zona ajardinada llena de árboles. Sería un buen
lugar para pasear. Pregunté a una Señora y me indicó el autobús que tenía que
coger. Me paró justo en frente. Estaba lleno de palmeras, árboles y caminos serpenteantes.
A los lados se encontraban majestuosos edificios blancos. Cuando llegué, me
senté cómodamente en un banco de madera. Se me había pasado el tiempo volando.
Sólo faltaban diez minutos. Me llamó la atención un chico que estaba haciendo
estiramientos a lo lejos. La verdad, este es un buen lugar para hacer
ejercicio. “Mens sana, in copore sano”. Me levanté y caminé hacia la puerta de
entrada. Oí unas pisadas que se acercaban a lo lejos. Cuando me di la vuelta me
encontré cara a cara con el chico al que miraba.
-
¡Mauro!
-
¡Paula! ¿Qué
haces aquí? Estás, estás…¿diferente?
-
¡No hay nada que
no arregle un buen baño!
-
Supongo que está
visitando museos ¿no?
-
Y yo supongo que
estás haciendo deporte ¿no?
-
Sí y no. Tengo
una cita
-
Algo me han dicho
sí – dije entre dientes
-
¿Has estado en el
bar? Bueno, mi cita no es tal. Realmente debería estar aquí mi padre pero ha
tenido que irse de viaje y me toca a mí aguantar al pesado de turno.
-
Yo también he
quedado, pero parece que se retrasa – dije mirando mi reloj.
-
¿Con quién? Si se
puede saber…
-
Con el profesor
Rojas Araya
-
¿Con mi padre?
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