Mi pelo reposa sobre la hierba húmeda de
la primavera. Bajo él, mis manos entrelazadas hacen de almohada para mi cabeza.
Mis párpados cerrados acentúan la sensación de tranquilidad y relajación. Mi
nariz trabaja incesantemente mientras el dulce olor de los árboles se cuela por
ella. Mis oídos captan cada sabroso sonido como si fuese el último. Intento
distinguir de dónde vienen. Forman una perfecta sinfonía. Mis labios relajados
dejan entrever mis dientes. Todo mi cuerpo deja de pertenecerme.
La brisa mece cada hoja de cada árbol.
Cada minúscula hierba baila al compás que le marca. Como en un vals los
mosquitos vuelan hacia el brillante cielo azul. A lo lejos, las cigüeñas
crotoran alegrando el valle. A un tiempo, las campanas de la pequeña Iglesia
comienzan a tañer recorriendo cada calle, cada recoveco, cada casa… El murmullo
de los fieles interrumpe súbitamente la calma. Ya no puedo escuchar el rubor
del río. Ya no huelo la magia. Ya desapareció la paz. Ya tendré que esperar a
mañana…