Los rayos del sol se cuelan entre los amplios ventanales de mi dormitorio. Por la calle se oyen las herraduras de los caballos golpeando fuertemente los adoquines. Las vecinas se dan los buenos días a gritos como si se encontraran a miles de kilómetros las unas de las otras. El frutero vocifera los productos del día. Podemos decir oficialmente que la ciudad ha despertado de su letargo. Así no hay forma de volver a conciliar el sueño. De todos modos es un gran día para mí y me conviene comenzar a prepararme. El año pasado acabé mis estudios de medicina y a día de hoy no he encontrado ningún lugar donde ejercer. Bueno, no me puedo olvidar de los servicios que les hago a mis vecinos de forma altruista; que si la gripe del Señor Luciano, que si vete a casa de la Señora María a verle el pie, que si el tío Modesto tiene no se qué en el ojo… A cambio llego a casa con una gallina, o con una cesta llena de huevos, o con un jugoso caldo… ¡Y en mi casa tan felices! Pero, entendedme, uno busca algo más allá. La cosa no anda muy bien por aquí y cuesta mucho sacar algún oficio. Está el gallinero muy revuelto. No sé, pero me da en la nariz que mi amiga Isabel no dura mucho sentada en su trono y conviene alejarse cuanto antes de Madrid. Así es que tengo una cita con uno de mis antiguos profesores que tiene no sé que para mí. En mi vida me ha interesado la política y prefiero un pueblo tranquilo dónde sólo se oigan los pájaros. Soy un hombre de su tiempo, cabal cuando es necesario y alocado cuando es menester. Pero últimamente me está picando la curiosidad. Están pasando cosas que sacarían de quicio a cualquiera. La semana pasada vino a verme mi buen amigo Martín. Nos conocimos en la Universidad Central hace ya algunos años. Él estudiaba Historia. Es un entusiasta de todo lo que pasó, pasa y pasará. Y este es el motivo por el que siempre anda metido en problemas. Aún recuerdo cuando me regaló un librillo krausista que casi me cuesta mi permanencia en la Universidad. A lo que iba, me contó que se estaba cociendo algo entre los profesores y los alumnos, que ya venía de largo, que si todo surgió con una publicación de uno de sus profesores, un tal Castelar, que si se metía con la reina Isabel….El caso es que venía a pedirme mi apoyo, ¡como si yo pudiera hacer algo! Acababan de destituir a Castelar y estaban preparando una serenata como protesta. Y eso no era lo malo, lo malo viene ahora. Ya se habían reunido días atrás así es que el gobierno andaba con la mosca detrás de la oreja. Yo, con buenas palabras, le dije a Martín que me lo tenía que pensar detenidamente. Él cogió su cartera visiblemente molesto y se fue. Me quedé mirando cómo se alejaba su figura entre los carruajes. Era el típico hombre apuesto, con su pelo ondulado peinado hacia atrás, su tez morena, una bufanda blanca rodeando su cuello, un largo abrigo negro que le daba un porte aún más elegante, los pantalones con su raya perfecta y esos zapatos de charol siempre tan brillantes. Un auténtico galán de su tiempo. En el fondo, siempre le he envidiado. Volviendo al presente, es hora de acicalarse y partir hacia mi cita.
Ya son las doce de la mañana y me encuentro sentado en una enorme sala de la Universidad. Es muy extraño, todo está muy vacío. Me levanté y me dirigí a un tablón de anuncios cercano. En él había un calendario y miré el día de hoy por si era alguna festividad importante para el centro. Pero no. El 10 de abril de 1865 aparece como un día cualquiera de un año cualquiera.
- ¡Señor Amancio Gandarillas!
Ese soy yo. Me dí la vuelta y ahí estaba el profesor Gaztandegui. Tan larguirucho y esquelético como lo recordaba. Con esas pequeñas gafas redondas encajadas en su enorme nariz roja, su pajarita de cuadraditos escoceses y esa peculiar pipa que creo ya es una extensión de su boca.
- Estoy aquí profesor – contesté titubeante como si aún fuese uno de sus alumnos. Creo que todavía hoy me sigue infundiendo respeto.
- ¿Que tal se encuentra usted querido Amancio?
- Pues no puedo quejarme en demasía pero se agradecería estar un poco mejor – siempre es conveniente no llorar demasiado pero a su vez parecer abierto a todo lo que te puedan ofrecer.
- Ya ve usted que no hemos elegido el mejor día para nuestro encuentro.
- Sí, me he dado cuenta de que apenas hay gente en los pasillos y que las aulas están vacías.
- ¡Es uno de los pocos que no se ha enterado de nada! ¡Me sorprende usted!
- Profesor, hace tiempo que estoy bastante apartado de la vida política y sabe que nunca fui muy afín a los coloquios ni a las reuniones clandestinas. Mis objetivos han sido otros.
- Le entiendo muchacho, pero hay ocasiones en las que una persona responsable no puede permitir según que cosas. Pero pase, no está bien que toquemos estos temas en el pasillo. ¡Ya sabe que las paredes oyen!
Entramos en su pequeño y lúgubre despacho. Siempre lo había visto como una pequeña guarida donde refugiarse y poder pensar libremente. Y realmente es lo que estábamos a punto de hacer.
- Pues sí, pues sí, Amancio – jamás me había tuteado, eso era una señal de que lo que me iba a decir era de sumo interés – le contaré todo cuanto está aconteciendo. Ya sabe que la Universidad Central no es muy grande y que aquí todos nos conocemos. Todos sabemos del color del que es cada uno y esto puede ser muy negativo en algunas circunstancias. ¿Te suena el artículo que escribió el catedrático Castelar?
- Sí, en su día tuve la ocasión de leerlo.
- Pues le está acarreando serias consecuencias. Está claro que en este país no es tiempo de críticas monárquicas. El pasado 7 de abril le arrebataron su cátedra y no contentos con esto, han destituido al rector por no dar su apoyo a la causa. Las personas que apoyamos la libertad académica no lo podemos permitir. Hemos preparado una nueva serenata esta noche en la Puerta del Sol como protesta al nombramiento de un nuevo rector. También tenemos el apoyo de los obreros, los Demócratas y los Progresistas. ¿Qué opinas al respecto?
- Pues mire, sin ánimo de ofender, necesito mi tiempo para recapacitar. No puedo decir en caliente algo de lo que me pueda arrepentir. No soy partidario de las injusticias, pero también reconozco que cada uno debe ser consecuente con lo que dice o hace y más en el momento que vivimos. A mí, para serle sincero, lo que más me interesa es continuar con mi vida y con lo que más me gusta, la medicina.
- Sí claro, como no…le digo pues el motivo de esta reunión – Sé que esa salida de tono no fue de lo más correcta y el profesor me lo hizo saber en el mismo momento en el que dejó de tutearme - Tengo un buen amigo que ejerce en un pequeño pueblo de la montaña de León. El pobre es ya muy mayor para recorrer las pequeñas aldeas nevadas en su caballo a temperaturas gélidas. Me mandó una carta para que le recomendara a algún conocido. Y me he acordado de usted. Quiero que sepa que es un trabajo muy duro pero también muy gratificante. Aprenderá cosas que ni ha soñado pero estará muy lejos de su familia y del mundo tal y como usted lo conoce. Tiene unos días para decidirse. No se precipite y medite su respuesta.
- ¡No se hace una idea de lo feliz que soy en este momento! No quiero pensarme nada, no, porque no lo necesito. Mi respuesta es sí. Un sí rotundo. ¿Cuándo puedo viajar?
- Me sorprende usted. Nunca le creí tan decidido y arrestado. Tenga esta carta con mis recomendaciones y las señas de mi buen amigo. Me gustaría que de vez en cuando me escriba contándome sus peripecias y vicisitudes. Me alegrará mucho tener noticias suyas.
Me levanté del sillón y le estreché la mano al profesor Gaztandegui agradeciéndole sinceramente su ayuda. Cogí mi abrigo y mi sombrero y me dirigí a la calle. De pronto un chico me dio una octavilla. La leí rápidamente y con la misma velocidad la dejé caer al suelo. Era una convocatoria para la serenata de la noche. Sinceramente no me interesaba en absoluto. Puedo parecer egoísta pero tengo que despedirme de mi familia, hacer la maleta, ordenar mis papeles y dejar todo listo para abandonar Madrid. Se me ocurre dar un paseo por el centro a modo de adiós. Lo primero que voy a hacer es comprar un macuto de cuero para meter todas mis cosas. La maleta acartonada que hemos heredado de mi abuelo es de todo menos cómoda para un viaje de tantas horas. Después de un largo recorrido llego a las inmediaciones de Sol. Justo en frente tengo la tienda que buscaba. En cinco minutos salgo de ella con mi nuevo bolso de viaje. No ha sido una ganga, pero a cambio espero que me dure muchos años. Al fondo veo a unos cuantos Guardias Civiles dispersos entre la multitud. Esos malditos tricornios son inconfundibles. Espero que los cabos que estoy atando en mi cabeza no se cumplan tal y como sospecho. No es muy aconsejable hacer proclamas liberales en el mismo lugar por donde ellos se van paseando. Y entre mis elucubraciones me di de bruces con Martín.
- Pero Amancio ¿Qué haces por aquí?
- Pues mira abandono Madrid. Viajo a un pueblecito de León mañana mismo y quería dar un último paseíto.
- ¡Pero tan pronto y así tan de repente! ¡Estás loco dejar ahora Madrid tal y como está todo! ¡Esta noche es un momento histórico!
- Para mí también es un momento histórico. Mi vida va a cambiar por completo.
- ¿Vendrás esta noche no?
- Lo siento Martín, pero tengo mucho que preparar todavía. Aún tengo que hacer algunas visitas y algunas compras más. Pero podemos comer juntos si te apetece. Voy a ir a la pensión de mi tía Virtudes y ya sabes lo bien que se come por allí. Si quieres acompañarme estás invitado.
- Pues sí, así repondré fuerzas para la serenata.
- ¡Siempre he pensado que estabas un poco loco y ahora tengo la certeza!
- ¡Nos tenemos que apoyar unos a otros Señorito Gandarillas! – Y echó una enorme carcajada que recorrió toda la calle. Siempre le ha gustado llamar la atención y hacerse notar.
Pronto estábamos en la Calle Luna, en la pensión de mi tía. Cuando nos vio empezó a gritar como una loca y a besuquearme mientras me asfixiaba con sus enormes brazos. Siempre me babeaba las mejillas de una forma asquerosa. Saqué mi pañuelo del bolsillo y me limpié sin ningún tipo de disimulo.
- Tía hemos venido a probar uno de tus exquisitos cocidos.
- Pues claro que sí. Dejad en el escaño el gabán. Os voy a dar a tu nichi y a ti un cocidito que os vais a chupar los dedos no, las palas – Martín me miraba asombrado. No se había enterado de nada. Su familia y él vinieron a Madrid hace algunos años y no entiende ninguna de nuestras palabras.
- ¡Amigo mío, ésto no es un adiós! ¡Quiero verte pronto por estas tierras! ¡Sé que la vida te sonreirá y que allá donde vayas todo el que te conozca te querrá!
No pude articular palabra. Las lágrimas me impedían hablar. Una enorme tristeza estremeció mi cuerpo. Tenía la extraña certeza de que ese abrazo no se volvería a repetir. Quizá mi destino sea no regresar a Madrid. Tal y como había hecho en mi casa me quedé observando como Martín caminaba con su porte elegante hacia Sol. Bien pensado no me apetecía nada irme a casa y enfrentarme a mi baúl lleno de ropa y de trastos. Decidí pasear hasta el Palacio Real y perderme en mis pensamientos. Tuve suerte y encontré un saliente en una fachada donde poder sentarme. Apreté bien mi abrigo contra el pecho y apoyé mi cabeza en la pared de adobe. Sin darme cuenta caí en un largo letargo. Viajando entre el sueño y la realidad la noche se me echó encima. Un sobresaltó me levantó rápidamente. No sabía si lo que oía era real. Parecía como si decenas de personas corriesen despavoridas hacia mí. Me agaché ágilmente y me asomé por la esquina para ver que ocurría y, de pronto, una muchedumbre se abalanzó sobre mí pisoteándome por todo mi cuerpo. Sentí como una mano me tiraba del abrigo levantándome ágilmente. Me giré y ahí estaba Martín. Su cara estaba desencajada, casi irreconocible.
- ¡Martín….pero…qué….! ¿qué pasa?
- ¿Qué haces aquí? – Me gritaba mientras me empujaba para que corriera más rápido.
No hizo falta contestar. Volví mi cabeza y allí estaban esos malditos tricornios, los mismos que horas antes había visto paseando por Sol. Disparaban al aire y blandían sus bayonetas sin dejar de correr. Cuando me giré mi amigo ya no estaba. Lo busqué agobiado entre la multitud. Empujé a todo el que venía hacia mí. Grité desesperadamente su nombre y entre tanta algarabía reconocí su voz rasgada. Yacía en el barro de la sangrienta calle. Un ruidoso silencio se apoderó de mí. No podía moverme. No sabía que hacer. Corrí hacia él. Me arrodillé mientras mis lágrimas caían en su cuerpo. Bajo su elegante abrigo de Señorito Madrileño brotaba la sangre a raudales. Cogí su bufanda y apreté con fuerza su pechó. Su cara estaba lívida y sus ojos me miraban fijamente. Sus labios intentaban pronunciar algo, pero no era capaz. Pegué mi cara a la suya intentando oír sus débiles palabras.
- ¡Vete amigo! – Fue lo último que dijo mi querido Martín
Dejé caer impotente mi cuerpo sobre el suyo. No era capaz de dejarlo allí tirado como un perro. Un escalofrío recorrió mi espalda. No podía respirar. Algo me ahogaba en la garganta. Tosí en mi mano y ésta se tornó roja. No entendía nada. Me toqué la espalda y me mareé del intenso dolor. Hice ademán de ponerme en pie pero me faltaban las fuerzas y caí desplomado sobre el cuerpo de mi compañero. Agarré su mano con fuerza mientras mi cuerpo convulsionaba. De pronto, una extraña tranquilidad rodeó todo. Cerré los ojos y me imaginé por última vez paseando por mi amada Madrid.
EPÍLOGO
Este relato está ambientado en el Madrid de mediados del sigo XIX, concretamente en la Noche de San Daniel del 10 de abril de 1865 cuando la Guardia Civil y unidades de Infantería y Caballería del Ejército arremetieron contra los estudiantes de la Universidad Central de Madrid. Según fuentes oficiales murieron catorce manifestantes y ciento noventa y tres fueron heridos. Otras incrementan los muertos a noventa y tres.
Estos movimientos hacían presagiar el final del reinado de Isabel II, hecho que ocurriría poco después. La Revolución de mil ochocientos sesenta y ocho, más conocida como La Gloriosa, sentó en el trono a Amadeo de Saboya.
Ya son las doce de la mañana y me encuentro sentado en una enorme sala de la Universidad. Es muy extraño, todo está muy vacío. Me levanté y me dirigí a un tablón de anuncios cercano. En él había un calendario y miré el día de hoy por si era alguna festividad importante para el centro. Pero no. El 10 de abril de 1865 aparece como un día cualquiera de un año cualquiera.
- ¡Señor Amancio Gandarillas!
Ese soy yo. Me dí la vuelta y ahí estaba el profesor Gaztandegui. Tan larguirucho y esquelético como lo recordaba. Con esas pequeñas gafas redondas encajadas en su enorme nariz roja, su pajarita de cuadraditos escoceses y esa peculiar pipa que creo ya es una extensión de su boca.
- Estoy aquí profesor – contesté titubeante como si aún fuese uno de sus alumnos. Creo que todavía hoy me sigue infundiendo respeto.
- ¿Que tal se encuentra usted querido Amancio?
- Pues no puedo quejarme en demasía pero se agradecería estar un poco mejor – siempre es conveniente no llorar demasiado pero a su vez parecer abierto a todo lo que te puedan ofrecer.
- Ya ve usted que no hemos elegido el mejor día para nuestro encuentro.
- Sí, me he dado cuenta de que apenas hay gente en los pasillos y que las aulas están vacías.
- ¡Es uno de los pocos que no se ha enterado de nada! ¡Me sorprende usted!
- Profesor, hace tiempo que estoy bastante apartado de la vida política y sabe que nunca fui muy afín a los coloquios ni a las reuniones clandestinas. Mis objetivos han sido otros.
- Le entiendo muchacho, pero hay ocasiones en las que una persona responsable no puede permitir según que cosas. Pero pase, no está bien que toquemos estos temas en el pasillo. ¡Ya sabe que las paredes oyen!
Entramos en su pequeño y lúgubre despacho. Siempre lo había visto como una pequeña guarida donde refugiarse y poder pensar libremente. Y realmente es lo que estábamos a punto de hacer.
- Pues sí, pues sí, Amancio – jamás me había tuteado, eso era una señal de que lo que me iba a decir era de sumo interés – le contaré todo cuanto está aconteciendo. Ya sabe que la Universidad Central no es muy grande y que aquí todos nos conocemos. Todos sabemos del color del que es cada uno y esto puede ser muy negativo en algunas circunstancias. ¿Te suena el artículo que escribió el catedrático Castelar?
- Sí, en su día tuve la ocasión de leerlo.
- Pues le está acarreando serias consecuencias. Está claro que en este país no es tiempo de críticas monárquicas. El pasado 7 de abril le arrebataron su cátedra y no contentos con esto, han destituido al rector por no dar su apoyo a la causa. Las personas que apoyamos la libertad académica no lo podemos permitir. Hemos preparado una nueva serenata esta noche en la Puerta del Sol como protesta al nombramiento de un nuevo rector. También tenemos el apoyo de los obreros, los Demócratas y los Progresistas. ¿Qué opinas al respecto?
- Pues mire, sin ánimo de ofender, necesito mi tiempo para recapacitar. No puedo decir en caliente algo de lo que me pueda arrepentir. No soy partidario de las injusticias, pero también reconozco que cada uno debe ser consecuente con lo que dice o hace y más en el momento que vivimos. A mí, para serle sincero, lo que más me interesa es continuar con mi vida y con lo que más me gusta, la medicina.
- Sí claro, como no…le digo pues el motivo de esta reunión – Sé que esa salida de tono no fue de lo más correcta y el profesor me lo hizo saber en el mismo momento en el que dejó de tutearme - Tengo un buen amigo que ejerce en un pequeño pueblo de la montaña de León. El pobre es ya muy mayor para recorrer las pequeñas aldeas nevadas en su caballo a temperaturas gélidas. Me mandó una carta para que le recomendara a algún conocido. Y me he acordado de usted. Quiero que sepa que es un trabajo muy duro pero también muy gratificante. Aprenderá cosas que ni ha soñado pero estará muy lejos de su familia y del mundo tal y como usted lo conoce. Tiene unos días para decidirse. No se precipite y medite su respuesta.
- ¡No se hace una idea de lo feliz que soy en este momento! No quiero pensarme nada, no, porque no lo necesito. Mi respuesta es sí. Un sí rotundo. ¿Cuándo puedo viajar?
- Me sorprende usted. Nunca le creí tan decidido y arrestado. Tenga esta carta con mis recomendaciones y las señas de mi buen amigo. Me gustaría que de vez en cuando me escriba contándome sus peripecias y vicisitudes. Me alegrará mucho tener noticias suyas.
Me levanté del sillón y le estreché la mano al profesor Gaztandegui agradeciéndole sinceramente su ayuda. Cogí mi abrigo y mi sombrero y me dirigí a la calle. De pronto un chico me dio una octavilla. La leí rápidamente y con la misma velocidad la dejé caer al suelo. Era una convocatoria para la serenata de la noche. Sinceramente no me interesaba en absoluto. Puedo parecer egoísta pero tengo que despedirme de mi familia, hacer la maleta, ordenar mis papeles y dejar todo listo para abandonar Madrid. Se me ocurre dar un paseo por el centro a modo de adiós. Lo primero que voy a hacer es comprar un macuto de cuero para meter todas mis cosas. La maleta acartonada que hemos heredado de mi abuelo es de todo menos cómoda para un viaje de tantas horas. Después de un largo recorrido llego a las inmediaciones de Sol. Justo en frente tengo la tienda que buscaba. En cinco minutos salgo de ella con mi nuevo bolso de viaje. No ha sido una ganga, pero a cambio espero que me dure muchos años. Al fondo veo a unos cuantos Guardias Civiles dispersos entre la multitud. Esos malditos tricornios son inconfundibles. Espero que los cabos que estoy atando en mi cabeza no se cumplan tal y como sospecho. No es muy aconsejable hacer proclamas liberales en el mismo lugar por donde ellos se van paseando. Y entre mis elucubraciones me di de bruces con Martín.
- Pero Amancio ¿Qué haces por aquí?
- Pues mira abandono Madrid. Viajo a un pueblecito de León mañana mismo y quería dar un último paseíto.
- ¡Pero tan pronto y así tan de repente! ¡Estás loco dejar ahora Madrid tal y como está todo! ¡Esta noche es un momento histórico!
- Para mí también es un momento histórico. Mi vida va a cambiar por completo.
- ¿Vendrás esta noche no?
- Lo siento Martín, pero tengo mucho que preparar todavía. Aún tengo que hacer algunas visitas y algunas compras más. Pero podemos comer juntos si te apetece. Voy a ir a la pensión de mi tía Virtudes y ya sabes lo bien que se come por allí. Si quieres acompañarme estás invitado.
- Pues sí, así repondré fuerzas para la serenata.
- ¡Siempre he pensado que estabas un poco loco y ahora tengo la certeza!
- ¡Nos tenemos que apoyar unos a otros Señorito Gandarillas! – Y echó una enorme carcajada que recorrió toda la calle. Siempre le ha gustado llamar la atención y hacerse notar.
Pronto estábamos en la Calle Luna, en la pensión de mi tía. Cuando nos vio empezó a gritar como una loca y a besuquearme mientras me asfixiaba con sus enormes brazos. Siempre me babeaba las mejillas de una forma asquerosa. Saqué mi pañuelo del bolsillo y me limpié sin ningún tipo de disimulo.
- Tía hemos venido a probar uno de tus exquisitos cocidos.
- Pues claro que sí. Dejad en el escaño el gabán. Os voy a dar a tu nichi y a ti un cocidito que os vais a chupar los dedos no, las palas – Martín me miraba asombrado. No se había enterado de nada. Su familia y él vinieron a Madrid hace algunos años y no entiende ninguna de nuestras palabras.
- ¡Amigo mío, ésto no es un adiós! ¡Quiero verte pronto por estas tierras! ¡Sé que la vida te sonreirá y que allá donde vayas todo el que te conozca te querrá!
No pude articular palabra. Las lágrimas me impedían hablar. Una enorme tristeza estremeció mi cuerpo. Tenía la extraña certeza de que ese abrazo no se volvería a repetir. Quizá mi destino sea no regresar a Madrid. Tal y como había hecho en mi casa me quedé observando como Martín caminaba con su porte elegante hacia Sol. Bien pensado no me apetecía nada irme a casa y enfrentarme a mi baúl lleno de ropa y de trastos. Decidí pasear hasta el Palacio Real y perderme en mis pensamientos. Tuve suerte y encontré un saliente en una fachada donde poder sentarme. Apreté bien mi abrigo contra el pecho y apoyé mi cabeza en la pared de adobe. Sin darme cuenta caí en un largo letargo. Viajando entre el sueño y la realidad la noche se me echó encima. Un sobresaltó me levantó rápidamente. No sabía si lo que oía era real. Parecía como si decenas de personas corriesen despavoridas hacia mí. Me agaché ágilmente y me asomé por la esquina para ver que ocurría y, de pronto, una muchedumbre se abalanzó sobre mí pisoteándome por todo mi cuerpo. Sentí como una mano me tiraba del abrigo levantándome ágilmente. Me giré y ahí estaba Martín. Su cara estaba desencajada, casi irreconocible.
- ¡Martín….pero…qué….! ¿qué pasa?
- ¿Qué haces aquí? – Me gritaba mientras me empujaba para que corriera más rápido.
No hizo falta contestar. Volví mi cabeza y allí estaban esos malditos tricornios, los mismos que horas antes había visto paseando por Sol. Disparaban al aire y blandían sus bayonetas sin dejar de correr. Cuando me giré mi amigo ya no estaba. Lo busqué agobiado entre la multitud. Empujé a todo el que venía hacia mí. Grité desesperadamente su nombre y entre tanta algarabía reconocí su voz rasgada. Yacía en el barro de la sangrienta calle. Un ruidoso silencio se apoderó de mí. No podía moverme. No sabía que hacer. Corrí hacia él. Me arrodillé mientras mis lágrimas caían en su cuerpo. Bajo su elegante abrigo de Señorito Madrileño brotaba la sangre a raudales. Cogí su bufanda y apreté con fuerza su pechó. Su cara estaba lívida y sus ojos me miraban fijamente. Sus labios intentaban pronunciar algo, pero no era capaz. Pegué mi cara a la suya intentando oír sus débiles palabras.
- ¡Vete amigo! – Fue lo último que dijo mi querido Martín
Dejé caer impotente mi cuerpo sobre el suyo. No era capaz de dejarlo allí tirado como un perro. Un escalofrío recorrió mi espalda. No podía respirar. Algo me ahogaba en la garganta. Tosí en mi mano y ésta se tornó roja. No entendía nada. Me toqué la espalda y me mareé del intenso dolor. Hice ademán de ponerme en pie pero me faltaban las fuerzas y caí desplomado sobre el cuerpo de mi compañero. Agarré su mano con fuerza mientras mi cuerpo convulsionaba. De pronto, una extraña tranquilidad rodeó todo. Cerré los ojos y me imaginé por última vez paseando por mi amada Madrid.
EPÍLOGO
Este relato está ambientado en el Madrid de mediados del sigo XIX, concretamente en la Noche de San Daniel del 10 de abril de 1865 cuando la Guardia Civil y unidades de Infantería y Caballería del Ejército arremetieron contra los estudiantes de la Universidad Central de Madrid. Según fuentes oficiales murieron catorce manifestantes y ciento noventa y tres fueron heridos. Otras incrementan los muertos a noventa y tres.
Estos movimientos hacían presagiar el final del reinado de Isabel II, hecho que ocurriría poco después. La Revolución de mil ochocientos sesenta y ocho, más conocida como La Gloriosa, sentó en el trono a Amadeo de Saboya.

No hay comentarios:
Publicar un comentario