Me abruma la maraña se sentimientos que se
apodera de mí. Limpio por inercia, como si con cada movimiento de mi brazo el
nudo de mi cabeza se deshiciera suavemente. No puedo pensar con claridad.
Siento que cada idea, cada paso en falso, van a luchar en mi contra. ¡Creo que
entendéis lo que quiero decir! Llegas a una edad en la que las cosas dejan de
parecer insustanciales, lo que antes era un juego se convierte en algo
trascendental. Saboreas los sentimientos, los vives, los sufres, los disfrutas,
los detestas. No somos capaces de soñar y de dejarnos llevar. Todo se convierte
en una mera transacción. No nos arriesgamos a vivir nada si no estamos seguros
de recibir algo a cambio. Se nos olvida la sensación del riesgo, de apostar
todo a nada. Vendería mi alma al diablo por actuar como hace quince años. Sin
preocupaciones, disfrutando de la vida. Y mi teléfono sigue sonando. Y mi mano
limpia más rápido. Y mis nervios carcomen mi estómago. Y la niña que vive en mí
me impulsa a cogerlo. Pero el disfraz que los años me han puesto frena mis
tentaciones. ¿Quién me ha secuestrado? ¿Quién me ha robado todo cuanto fui para
convertirme en ésto? El tiempo se está riendo en mi cara y me ha hecho su
prisionera. Y lo peor es que tengo el Síndrome de Estocolmo. Siempre eché de más
ser una quinceañera y ahora lo echo de menos.

Este relato se lo dedico a una personita que se encuentra en uno de esos momentos de indecisión. No es que su laberinto no tenga puerta es que tiene varias y no sabe cual elegir... Suerte!
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