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jueves, 24 de enero de 2013

CAPÍTULO 2 - ¿ALGUIEN INSIGNIFICANTE?





SANTIAGO DE CHILE

     Me despido amablemente de mi caballero andante dándole las gracias por su ayuda. Cojo mis maletas y me dirijo a la solitaria calle. Detrás de mis pasos oigo la puerta del bar:

-         ¡Me llamo Mauro y, si me necesitas, estaré aquí!
-         ¡Yo me llamo Paula y, si me necesitas, no sé dónde voy a estar!

     Aceleré el paso con una sonrisa dibujada en mis labios. Necesitaba un taxi pero era una misión imposible. Creo que Santiago de Chile es una ciudad fantasma a estas horas. Lo pensé cuando cogí el vuelo en Madrid, pero era la opción más económica. No me puedo permitir muchos excesos tal y como estoy en estos momentos. Saco de mi bolso la dirección del Museo. Mañana tengo una cita en ese lugar con un hombre que no he visto en mi vida. Me han hablado muy bien de él. Es un profesor que puede ayudarme en mi tesis. Suele hacer viajes de meses con sus alumnos para enseñarles todo lo que sabe. Realmente aún no he empezado a hacer nada, pero era la mejor excusa para dejar España.

     Por fin aparece un taxi a lo lejos. Corro hacia él como buenamente puedo como si no hubiese un mañana. Claro está que nadie me lo va a quitar, pero es posible que no me vea y entonces me tiraré por el primer puente por el que pase. Pero el Señor para en el otro lado de la carretera, da un volantazo y cambia de sentido poniéndose a mi lado. Si esto fuera Madrid, te tocaría cruzar La Castellana dándote codazos con todo el mundo y arriesgarte a ser atropellada mientras cruzas la calle con los semáforos en rojo. El Señor se baja a toda prisa y coge mis maletas subiéndolas en la baca. El problema vendrá ahora…

-         ¿A dónde se dirige Señorita?
-         Pues mire, tengo un problema. Me gustaría quedarme por la zona del Museo de Ciencias y Tecnología, pero no tengo hotel reservado y no conozco nada de la ciudad.
-         Conozco un hotelito por la zona. Sólo espero que tengan habitaciones libres.
-         ¡Yo me fío de usted!

     En diez minutos estábamos en la puerta. No sabía si reír o llorar. ¡No habrá hoteles en esta ciudad que me tiene que traer a uno que se llama España!

-         Señorita ¿Le gusta este? Seguro que no se le va a olvidar el nombre – me decía entre carcajadas.
-         ¡En eso tiene toda la razón!
-         Y justo debajo tiene el restaurante-pub Caramea así no se tiene que desplazar. Lo tiene todo al ladito.
-         Veo que por aquí piensan en todo. Pues muchas gracias. Le agradecería que me diese su teléfono para llamarle siempre que lo necesite.

     Bajamos del coche, le pagué dándole una propina por su amabilidad y él me entregó su tarjeta. Agarré mis maletas con fuerza y entré. Me fijé que me esperaba, seguramente por si no tenían habitación libre.

-         ¡Buenos días! – me saludó un chico de unos 18 años sentado detrás de un mostrador.
-         ¡Buenos días! Quería saber si tienen una habitación libre y cuál es su tarifa.
-         ¿Cama de matrimonio?

     Mi mirada casi lo fulmina por completo. En este momento debería estar hecho cenizas. ¿Cree que llevo a alguien metido en la maleta? Vale que me lo restriegue toda mi familia en las fantásticas veladas de reuniones obligatorias, pero un niñato que no conozco de nada…

-         ¡Me achaplino de lo que le he dicho Señorita!
-         ¿Qué te qué…?
-         Pues… quiero decir que me arrepiento de lo que le he dicho. Hace muy poco que trabajo aquí y todavía no se me da muy bien.
-         ¿Sabes lo que te digo? Que sí, ¡Camarero, una de matrimonio! – y le guiñé un ojo sonriendo.
-         Tenemos una muy bonita que se suele usar para largas temporadas. Que no quiero decir que se tenga que quedar mucho tiempo, ¡no me entienda mal!...
-         No te tienes que disculpar cada vez que hables. Me quedo con esa habitación. Mi nombre es Paula Zambrano García.

     Miré hacia la calle y le hice una señal con el dedo pulgar al taxista para que entendiera que todo había salido bien.

     Mi nuevo amigo me acompañó hasta mi habitación. Estaba en el último piso. Me entregó las llaves y me dejó sola. Abrí la puerta y realmente me gustó lo que vi. Las paredes eran de un amarillo pajizo. Colgaban cuadros de fotos antiguas de la ciudad. La cama era enorme y muy alta con un edredón blanco algodonado. Tiré mis maletas y corrí hacia ella. De un salto me dejé caer encima. Al fondo de la habitación había una pequeña cocina y un gran sofá con una tele en frente. Ahora entendía lo de las largas estancias. Miré mi reloj. Eran las nueve de la mañana. Me daría tiempo a ducharme y desayunar antes de ir al Museo. A duras penas me levanté. Me quité mi ropa dejándola esparcida por todo el suelo. Olía al metro de Madrid, a la gente aglomerada, a las esperas en Barajas, a un vuelo eterno, a una llegada a Chile de madrugada y a un antiguo café. No sé porqué motivo esta última parte no me desagradaba en absoluto. Entré en el baño y me quedé sorprendida. Había una gran bañera slipper blanca. Junto a ella, una gran cesta de mimbre rebosaba de aceites esenciales, hierbas aromáticas, sales… Cogí unos cuanto botes y los mezclé sin piedad mientras el agua caliente salía a borbotones. Todo el baño olía a primavera. Me metí, apoyé mi cabeza y cerré los ojos. Empecé a pensar en todo lo que me había pasado. Como había cambiado mi vida sin saber realmente si mi decisión era la mejor. Llega un momento en la vida en el cuál no te queda otra opción que dar un carpetazo y cambiar de rumbo. Las cosas no me han salido como yo había esperado así que tengo que intentar que todo se encauce. Tengo que ser feliz. De nuevo, me vino a la mente la imagen del bar de Mauro. Me aclaré rápidamente y salí de la bañera cubriéndome con una gran toalla blanca. Abrí mi maleta y saqué mi vestido de tirantes ibicenco. Cuando sentí el lino en mi piel y me miré en el espejo me sentí guapa. Me puse un pañuelo rojo en el pelo y mis sandalias a juego. Me maquillé alegremente y pinté mis labios de un Russian Red cautivador. Cogí mi bolsito y salí corriendo. Bajé las escaleras de dos en dos.
-         ¡Hasta luego! ¡Que tengas buen día!
-         ¿Señorita Paula? ¿Es usted?
-         ¡Llámame Paula y tutéame! ¡Es una orden! – Grité mientras salía a toda prisa por la puerta.

     Paré el primer taxi con el que me crucé y le di todas las indicaciones que puede para llegar al pequeño bar. En quince minutos estaba delante de su puerta. Me fijé en su nombre y simplemente me encantó, Bar Amore. Entré y todas las cabezas se giraron hacia mí. En la barra no había ni rastro de él.

-         Buenos días, ¡me pone un café y dos tostadas por favor!
-         En seguida Señorita.
-         ¿Está por aquí Mauro? – La sonrisilla que se dibujó en su cara no me gustó ni un pelo.
-         ¿Es la Señorita de anoche?
-         A no ser que os pase muy a menudo, sí, soy yo.
-         Pues Mauro acabó su turno hace dos horas y se fue. Hoy no creo que venga porque tiene una cita. Es un chico muy solicitado.
-         Ya veo. Bueno, póngame mi desayuno cuando pueda.

     Aunque él no estaba, me gustaba ese lugar. Ese aire retro me daba tranquilidad. Me recordaba mis viajes a Roma y lo feliz que era cada vez que paseaba por sus calles. En cuanto acabé, pagué y me fui a caminar un rato hasta las doce. A esa hora tenía mi reunión. No entendía muy bien porqué habíamos quedado allí, pero tampoco me importaba. En el viaje miré en el mapa y el Museo estaba rodeado de una zona ajardinada llena de árboles. Sería un buen lugar para pasear. Pregunté a una Señora y me indicó el autobús que tenía que coger. Me paró justo en frente. Estaba lleno de palmeras, árboles y caminos serpenteantes. A los lados se encontraban majestuosos edificios blancos. Cuando llegué, me senté cómodamente en un banco de madera. Se me había pasado el tiempo volando. Sólo faltaban diez minutos. Me llamó la atención un chico que estaba haciendo estiramientos a lo lejos. La verdad, este es un buen lugar para hacer ejercicio. “Mens sana, in copore sano”. Me levanté y caminé hacia la puerta de entrada. Oí unas pisadas que se acercaban a lo lejos. Cuando me di la vuelta me encontré cara a cara con el chico al que miraba.

-         ¡Mauro!
-         ¡Paula! ¿Qué haces aquí? Estás, estás…¿diferente?
-         ¡No hay nada que no arregle un buen baño!
-         Supongo que está visitando museos ¿no?
-         Y yo supongo que estás haciendo deporte ¿no?
-         Sí y no. Tengo una cita
-         Algo me han dicho sí – dije entre dientes
-         ¿Has estado en el bar? Bueno, mi cita no es tal. Realmente debería estar aquí mi padre pero ha tenido que irse de viaje y me toca a mí aguantar al pesado de turno.
-         Yo también he quedado, pero parece que se retrasa – dije mirando mi reloj.
-         ¿Con quién? Si se puede saber…
-         Con el profesor Rojas Araya
-         ¿Con mi padre?

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